Leviatán

Tanta libertad como sea posible, tanto Estado como sea necesario

Tontería de la semana 0

Leída en Pasión por la dialéctica (mi negrita):

Los ciudadanos queremos que esa palmeta metafórica que significa el suspenso desaparezca. Insisto, si está probado científicamente que el deseo, la pasión por aprendizaje es algo innato en los seres humanos no necesitamos pues técnicas aversivas para que las personas adquieran conocimientos. No necesitamos pues del suspenso, existen otras formas de educar que colgando la etiqueta de fracasado al 30% de los alumnos de la Eso, al 48% de los alumnos de Bachillerato y al 50% de los alumnos de la Universidad.

Las armas también son un juego 4

 

Es un situación muy surrealista pero…. imagina que te encierran en una habitación junto a un desconocido. Imagina, además, que te entregan una pistola. E imagina, finalmente, que te dicen que dentro de dos horas a tu vecino le entregarán un rifle. De manera que tú estás armado y sabes que tu vecino lo estará pronto. Desconoces si se trata de una persona violenta o no, ni conoces sus intenciones. Simplemente sabes que tú puedes matarlo y que dentro de dos horas él podrá también matarte a ti. Tú no tienes nada contra esa persona, pero sabes que, si no lo matas, al cabo de dos horas, correrás el riesgo de que él te mate a ti.

Lo relevante de este ejemplo es que hay un elemento racional en matar a nuestro compañero: es la única forma de evitar una situación de riesgo. Está claro que no es algo que deseemos hacer. Pero tampoco deseamos correr dicho riesgo.

El ejemplo anterior parece más propio de una película como Saw que de la vida real, sin duda. Y sin embargo contiene el mismo dilema ante el que se vio EEUU mientras tenía la Bomba y sabía que era cuestión de tiempo que los rusos construyeran la suya. Fue en dicha situación cuando surgió el concepto de guerra preventiva: igual que en nuestro ejemplo de arriba, se trataba de atacar antes de correr el riesgo de ser atacado. Intelectuales como Bertrand Russell o John von Neumann plantearon la cuestión en toda su crudeza.

Como dijo von Neumann, la bomba nos aboca a un tipo de guerra donde no gana el más fuerte ni el más resistente, sino el primero en dar el golpe. Finalmente, la situación se manejó armando bombarderos y submarinos con dispositivos nucleares, de manera que si un país es atacado siempre le quedaría la opción de devolver el golpe desde una plataforma pequeña y móvil como un avión o un submarino.

Bien, eso es historia, claro (y también presente, por cierto) pero nos debe hacer reflexionar sobre algo: el problema de las armas no son las intenciones de quien las usa, ni su madurez, ni su educación. Las situaciones donde hay armas crean su propia lógica, su propio "juego", con sus propias reglas. Como en el ejemplo del principio del post, las intenciones de los participantes (que normalmente desconocemos) no arrojan luz sobre qué hacer: la existencia de armas, la naturaleza de las mismas y su distribución entre los participantes de una situación… son elementos que determinan por sí mismos las posibles soluciones estratégicas.

Por eso sorprende, cuando se plantea la cuestión del derecho a poseer o a llevar armas (en todo caso se trata de derechos distintos) comentarios que siguen insistiendo que todo es un problema de educación, de madurez, de intenciones, del uso que les demos etc., tal como encontramos en algunos comentarios a

esta entrada del blog de la UDE:

Solo un sistema que eduque a sus ciudadanos en la responsabilidad puede ser plenamente libre. Tanto si lo aplicamos a las armas, como a las drogas, como a tantos temas de la vida privada en que el estado gusta tanto entrometerse

O también:

El problema es que el estado alenta [sic] la irresponsabilidad al prohibir y no dejarnos la libertad para elegir entre el ‘bien’ y el ‘mal’

A diferencia de lo que suele declararse, las armas no son herramientas neutras cuyas consecuencias sólo dependan de quien las usa y de la intención o la madurez con que las emplea. Las armas son elementos que forman parte de situaciones objetivas y que modifican por sí mismas las posibilidades estratégicas de dichas situaciones. Lo demás es la falacia -tan típica progresista- de que todos los problemas o las soluciones deben buscarse en  la educación. ah, la falacia pedagógica, cultivada a izquierda y a derecha.

Por cierto, no estoy hablando necesariamente de no permitir armas de fuego, sino de no abordar el debate en términos psicológicos (todo depende de quién use las armas)  o de convicciones morales (la libertad irrenunciable para vivir como John Wayne)  en vez de analizar los juegos objetivos que generan.

Los poderes cercanos: los hombres de negro liberan Coslada. 4

Uno de los tópicos más repetidos en la España postfranquista es aquél que canta las bondades de un poder cercano y accesible. La idea es que cuando el poder está cerca del ciudadano es más sensible a sus necesidades y a sus problemas. Además, puede actuar con mejor eficacia, pues conoce el terreno donde debe operar.

Esto quizá esté bien para los eslóganes y para las campañas institucionales, pero me parece falso. Y la falsedad en política suele ser una fuente de problemas y de peligros. Los poderes cercanos, como el municipal o el autonómico, tal vez sean convenientes, pero su cercanía siempre conllevará el riesgo de que el poder cercano es muy vulnerable a la corrupción, al soborno y a la intimidación. El último ejemplo lo hemos visto en Coslada, cuyo ex alcalde ha reconocido que fue incapaz de regenerar la situación. Al final, no ha sido ni el Ayuntamiento ni la gente del pueblo quienes han liberad a Coslada de los mafiosos, sino los hombres de negro a sueldo del Estado.

Con ello no trato de insinuar que el Estado central no pueda ser corrompido. ¡La historia dice lo contrario, por desgracia! Lo que digo es simplemente que los poderes cercanos se corrompen con más facilidad, y que cuando esto ocurre, la solución suele venir del Estado central, si es que tiene la fuerza suficiente. Uno de los problemas que tenemos en España es que el Estado, aun siendo capaz de enfrentarse -a toda portada- a las mafias municipales, es incapaz, sin embargo, de establecer planes hidrológicos por encima de las oligarquías autonómicas, o de impedir que los partidos nacionalistas utilicen los sistemas autonómicos de enseñanza para construir sus propias realidades nacionales. Es posible, por cierto, que el fin de España como la nación que conocemos desde 1812 no venga tan sólo de los nacionalismos étnicos de Galeuska, sino, también, de quienes preferimos dividir un país antes de que el Estado nacional deje de cumplir las funciones propias de tal artefacto, a saber, garantizar la igualdad, la seguridad y la libertad de todos los ciudadanos. Pero ése es otro tema, claro.

Hace unos días, Francis Fukuyama publicó en el blog de The American Interest una entrada sobre este mismo tema. En él nos recuerda cosas como que los mayores abusos contra los derechos humanos en China, a pesar del Tibet o de Falun Gong, no los está cometiendo el Gobierno Central, sino los consorcios empresariales locales, que, aun teniendo carácter público,  escapan de hecho al control del Estado central.

Fukyuama pone más ejemplos: los estados del Sur de EEUU al servicio de una oligarquía esclavista, o, también, las arbitrariedades de los tribunales locales de la Francia prerrevolucionaria, a diferencia de los tribunales ingleses que, desde 1066, la corona pudo controlar con mayor éxito que en el caso francés.

Tal vez así se entienda que cuando Luis XIV dice "L’estat cest moi" (el Estado soy yo) se está dirigiendo ante todo al gran rival de las monarquías absolutas desde la creación del Estado moderno hasta la Revolución francesa: las noblezas locales. La Corte de la Francia del setecientos no fue sólo la expresión del absolutismo monárquico sino, antes que nada, un artefacto político ideado para mantener controlada a una nobleza de provincias levantisca y belicosa. Quien quiera entenderlo, puede leer a Boulanvilliers.

Con esto no quiero decir que no deban existir poderes locales, o que el federalismo sea negativo. Tan sólo hacer reflexionar sobre los peligros que entrañan los poderes locales, a pesar de la retórica que nos los presenta como cercanos, asequibles y amables. Los antipáticos hombres de negro también son necesarios.